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Olvido

Hoy he andado por un mundo sin dioses. He contemplado ciudades humeantes, envueltas en largos velos de lluvia. En este mundo, el poder está tan descontrolado, que lo siento latir. Mi más ligero pensamiento se convierte en realidad. Me mantengo esencialmente intangible, para no dañar el precario equilibrio que hay aquí.
Es un mundo dominado por hombres muy parecidos a mí. Es muy probable que tengan poder, pero creo que han olvidado cómo usarlo. Se nota esa ausencia. Los hombres parecen angustiados, no conscientes de lo que han perdido, pero conscientes de haber perdido algo.
Consideré por unos instantes el devolverles la memoria, pero lo desestimé. Creo que llevan tanto tiempo sin él que no sabrían usarlo de forma responsable. Probablemente significaría la destrucción de su mundo. Además, ellos han sustituido el verdadero poder por la ciencia. Doblegan la naturaleza y realizan prodigios usando las leyes naturales. Eso es en sí mismo otra forma de poder.
Dejaré a los desposeídos tal como están.

En la selva

Debo confesar que no recuerdo muy bien el tiempo que pasé con ella. Se me confunde todo ahora en la mente, como una sucesión continua de buenos momentos y experiencias. Esto me extraña, porque seguro que tuvo que haberlos malos. Seguro. Creo, sospecho, que los he olvidado a propósito, para que no empañen la alegría y la belleza de los otros, deliciosos momentos. En esa especie de nebulosa de memorias entremezcladas, recuerdo la exuberancia salvaje de la naturaleza, un verdor que rezumaba vida, rocíos que bañaban totalmente los lechos de hierba. También recuerdo pasear descalzos sobre las ruinas pétreas de una ciudad antigua, que me recordó las estancias de meditación y oración de la India antigua. Recuerdo el río, que moría en la cascada para renacer en lago, y volvía a revivir como río, más tranquilo y pausado ya, como un anciano que contempla los últimos días.

El río era una presencia constante. El rumor de sus aguas no se apagaba nunca, no importa lo lejos que fuera, siempre un meandro al tornar una maleza. Bañarse en el río era una experiencia mística. La primera vez que lo hicimos juntos, memoria imborrable, fue como si toda la pesadumbre se desprendiese como una costra mugrienta, y a cambio saliese yo purificado, limpiado por las aguas de ese río, y listo para enfrentarme al mundo, a los mundos, todos de golpe o de uno en uno, como lo prefiriera el Destino. Esa primera vez nos desnudamos juntos, yo con un cierto pudor absurdo, ella con la naturalidad de quien está habituada a hacerlo. Después de aquello prácticamente nos acostumbramos a llevar nuestra desnudez como único hábito. En algunos momentos no me daba cuenta, y en otros era dolorosamente consciente. Digo dolorosamente porque, en todo el tiempo que pasamos juntos, no nos amamos ni una sola vez. Ella no me dejó. Finalmente terminé por acostumbrarme, pero siempre con la secreta esperanza...Dicen que es lo último que se pierde, la esperanza. Y a mí aún me quedan muchas cosas por perder antes de desesperar.

Así pues, íbamos los dos desnudos, los dioses, o Creadores como preferíamos decir, en un gesto quizá algo inútil de humildad. ¿Un resquicio de cuando sólo éramos pobladores de nuestras creaciones, sin ser conscientes de nuestro poder? Quizá. La desnudez,como ya he dicho, no era algo significativo. Las bestias selváticas no parecían preocuparse. Los árboles y los helechos tampoco. El único preocupado por ello a veces era yo, en los momentos de mayor excitación.

No recuerdo durante ese tiempo encontrar señal de ningún tipo de sociedad, y esto constituía un verdadero enigma para mí. ¿Las construcciones de piedra habían sido hechas por ella en un momento de diversión o eran producto de seres inteligentes que las abandonaron tiempo atrás? Obtuve mi respuesta de forma casual. Vagabundeaba algo separado de mi adorada ninfa (puramente platónico) y tropecé con algo duro escondido en un matorral. Al mirar, descubrí un pequeño esqueleto, de no más de metro y medio, de lo que parecía un pequeño simio alado. Me quedé observándolo sentado en un pilar derruido hasta que la ninfa me encontró. Cuando descubrió lo que tenía en mis manos, su mirada se entristeció, y con un gesto hizo desaparecer el esqueleto. Se marchó sin decir palabra y no la vi en varios días.

Después de aquello, las cosas se deterioraron bastante. Parecía que un recuerdo antiguo deliberadamente olvidado había resurgido con ese hallazgo, y secretamente tanto ella como yo sabíamos que la culpa era mía. Ninguna pelea, sin embargo, ningún reproche cruzó sus labios. Pero la distancia fue creciendo poco a poco entre ambos, a pesar de los esfuerzos que hicimos por evitarlo. El mono muerto se interponía siempre. Ella empezó a experimentar de nuevo con la vida, quizá tratando de recrear aquello que había perdido, aquello que debía de haber sido como un hijo. Viéndola tan triste y tan volcada en su creación, decidí que había llegado el momento de irme. Una vez tomada esta resolución, tomé mis ropas originales (no recuerdo cómo, simplemente aparecieron en la orilla del río), me acerqué a ella, la besé suavemente en los labios y me marché. Con el poco poder que me restaba, y seguramente ayudado por ella, convertí en barca un bello almendro, y por el río atravesé un pequeño agujero que me llevaría a otro mundo.

Brave New World

Me desperté con el rumor del agua corriendo. Abrí despacio los ojos y pude ver que estaba tendido en la hierba. Me incorporé. No recordaba dónde estaba. Junto a mí, a unos cinco metros, se encontraba el río que había escuchado. Me encontraba en algo que parecía un gran claro de hierba rodeado de árboles. Por el color de las hojas deduje que el otoño estaba comenzando. Me levanté. Tenía los vaqueros ligeramente manchados de verde, pero eso no me importó. En aquel lugar no había ni rastro de civilización.

Un tintineo como de campanillas sonó entre los árboles. Otra vez, más a mi derecha. Me giré. Más a la derecha. Círculos, campanillas en círculos. Corrí hacia el sonido, pero este se alejó. Lo perseguí entre los árboles hasta que me perdí sin remedio. ¿Tenía este sitio algo que ver con el sitio donde había estado antes? Intenté empujar un árbol pero me resultó imposible.
-Así que este es el mundo de otro...-Murmuré distraídamente. La experiencia resultaba novedosa y a la vez aterradora.
Me senté en un tronco caído cubierto de liquen. El bosque parecía tremendamente salvaje, no como si estuviera lejos de la civilización, sino como si jamás hubiese oído hablar de ese concepto. Además, parecía extrañamente vivo. Empecé a recordar los bosques de mi propio mundo, los cerezos y los almendros que había hecho florecer con mi simple pensamiento, y poco a poco dejé de visualizarlos en mi mente. Me rodeaban. Los altos y vetustos árboles se alejaban poco a poco de mí, y los almendros de mi memoria brotaban y crecían a gran velocidad a mi alrededor. El bosque podía ser influido. No sabía si por el hecho de ser un creador o simplemente por la fuerza de los recuerdos.
Entonces caí en la cuenta de que no me hallaba en mi propio mundo. Con un esfuerzo supremo de voluntad hice que los brotes jóvenes dejasen de crecer, y muriesen. Los demás árboles lentamente se situaron en sus lugares originales, asustados. Hablaban entre ellos en un susurro, como el del viento entre las hojas.
Campanillas otra vez.
Me volví en la dirección del sonido y vi a una joven encantadora. Sonreía. No supe cómo, pero sonreía con todo el cuerpo. Desde sus ojos deliciosamente almendrados hasta el tintineo juguetón de las campanillas en sus tobillos. Me levanté para seguirla mientras se escabullía en la espesura. El ligerísimo revoloteo de su vestido de gasa verde era lo único que delataba su posición mientras la perseguía entre los gigantes arbóreos.
Poco a poco, me di cuenta, descendíamos hacia un valle relativamente despejado. Había allí un arco de piedra, como la entrada a una catedral, y dos hileras de bancos de piedra. Entre los bancos y a través del arco fluía un pequeño arroyo.el arroyo continuaba hasta el otro extremo del valle. En ese extremo no había árboles, ni se veía más tierra. "Es un descenso", pensé. "Una cuesta, y luego seguirá el bosque."
Mi pequeña ninfa de ojos rasgados cruzó descalza el arroyo y se sentó en uno de los bancos. Tenía los pies metidos en el agua y era la más perfecta imagen de la inocencia y la vida que yo jamás hubiera visto. Estiró la mano para señalarme el extremo del valle.
Fui hacia allí como en un ensueño. Al pasar junto a ella, pude captar su aroma, un olor cítrico, a limones. Una risita detrás de mí me hizo pensar que quizá la joven fuera algo más que una simple belleza exótica y sobrenatural. Había una gran inteligencia en esa risa.

Comoquiera que fuera, caminé hasta el final del valle. Y digo final porque lo que yo había interpretado como un descenso no era tal. El valle acababa en un acantilado de una altura vertiginosa. El pequeño arroyo se había ensanchado y caía en una formidable cascada justo a mis pies. Pero lo más impactante era lo que había abajo. La más exuberante jungla jamás imaginada, llena de pájaros de colores y flora exótica, se desplegaba a mis pies como un enorme colchón vegetal. La cascada daba origen a un lago de un intenso azul cobalto. Entre los enormes árboles se podían ver, si uno miraba con atención, restos de antiguas civilizaciones. En la lejanía, tan pequeño que apenas se distinguía, se podía ver el humo de un asentamiento.
Me quedé sin habla. Durante varios minutos estuve allí de pie, tratando de asimilar la belleza y la intensidad de todo lo que había allí abajo. Estaba tan absorto que no oí los delicados pasos que se acercaban a mi espalda.
Entonces una voz suave pero firme me habló al oído.
-¿Te gusta mi creación?
Me giré sobresaltado y sorprendido por la pregunta. Claramente había subestimado a la ninfa del vestido verde. Si ella era la creadora de este mundo, era entonces muy superior a mí.
-Creí que era un maestro y que mi mundo no podía mejorar, por eso lo abandoné. Veo ahora que estaba muy equivocado en mi orgullo.
-Es típico de los creadores masculinos. Probablemente hicieras un reino feudal o un imperio en el que fueras el dirigente absoluto. Muy montañoso, probablemente. Nunca he entendido esa manía en particular. Y ahora eres un vagabundo. Pues bien, vagabundo, te voy a mostrar cómo crea una mujer.
Con esas palabras, me empujó al vacío.

Inicio del viaje

Es un nuevo día. La luz de la mañana me muestra un nuevo horizonte por visitar, y un par de colinas por recorrer. No reconozco el sitio, pero eso no importa. Me pongo de pie y me desperezo lentamente. Mi mano se pone a rascarme el pecho de forma distraída. No veo la camiseta por ningún lado. Ahora que lo pienso, tampoco están mis zapatillas ni mis calcetines. Gracias a Dios que aún tengo los pantalones. Eso bastará. Cojo la mochilita y me pongo en camino. El rocío de la hierba me moja los pies y me hace cosquillas. Lanzo una carcajada al viento, que se la lleva volando mar adentro. Tras una o dos horas caminando veo una figura sentada en un tocón. Cuando llego a su lado, la figura (un anciano) levanta la cabeza y me mira.

Tras unos instantes de silencio, su boca se tuerce en una mueca de desdén y suelta una risa parecida a un cacareo. "Crees que serás joven y fuerte para siempre, ¿verdad? Pues contempla los estragos de la vejez y desespera." Mi primer impulso fue echar a correr ante la espantosa revelación. Su expresión calavérica y sus descarnadas manos como garras de algún ave espantosa me llenaron de horror. Pero entonces le miré a los ojos y descubrí la realidad de su vergüenza y su odio hacia sí mismo. "No temo a la vejez, anciano, porque ahora que la he visto cara a cara he descubierto que el horror no está en la vejez misma, sino en el carácter de cada uno. Así, no he de temer el paso del tiempo, sino que debo procurar vivir mi vida según mi carácter, y todo irá bien. De eso estoy seguro." Entonces el viejo se estremeció y pareció encojerse. Continuando mi camino miré hacia atrás un instante y vi que el anciano ya no estaba, y en su lugar una voluta de humo oscuro se deshilachaba en el viento.

Líneas en la arena

Un niño pasea por la playa con su perro,dejando sus huellas en la arena mojada. El niño inunda el aire con sus risas jóvenes y despreocupadas. Al cabo de un rato coge un palo y empieza a trazar dibujos en la arena. Dibuja un par de monigotes y después intenta dibujar a su perro. Se ríe de su resultado, y más aún cuando el perro se acerca y contempla su retrato. El niño lanza el palo y el perro lo persigue incansable. De pronto, el niño lanza con demasiada fuerza y el palo pasa por encima de unas rocas. Aun así, el perro, un joven animal de pelo lustroso y negro, corre mojándose las patas para recuperarlo. Sin embargo,esta vez no regresa. Al principio el chico llama a su amigo entre carcajadas, y trota hacia las rocas. Poco a poco el jovencito empieza a asustarse, y llama al perro con más insistencia. Al llegar al otro lado de las rocas se encuentra a su amigo, ileso pero inmóvil, frente a una enorme placa de granito. El chico se acerca a mirarla. Al principio cree que se trata de una broma, pero cuando termina de leer se convence, está convencido de haber encontrado la prueba de la existencia de Dios, el Dios del que ha oído hablar a sus padres, a los poetas y a casi todo el mundo. El creador de su mundo existe, y su firma, pequeña en el ancho mundo, se encuentra allí, en esa playa que no volverá a ver jamás, que rehuirá sus esfuerzos por encontrarla, esa playita errante, que ira vagando por el mundo, enseñando su silencioso mensaje a todos por igual, jamás dos veces en un mismo sitio.

Adioses en las rocas

La espuma lame las perdidas orillas de esta playa, donde me encuentro solo,abandonado a mis pensamientos. Atrás quedan los lujos y festejos de castillos y palacios, y las lisonjas de incontables caballeros, escuderos y damas. Sin siquiera una camisa que me tape de la deliciosa brisa marina, me he sentado a meditar en una roca junto al mar.

Y pensando he pensado que todos mis desvelos por esta creación mía han sido vanos, una sutil ironía que me ha hecho darme cuenta de que no pertenezco a este lugar, pese a ser su creador y su motor principal. Tengo la sospecha de que ese hastío tan temido por Baudelaire se ha adueñado de mi alma, ennegreciendo mis pensamientos y mis actos. He llegado, pues, a la conclusión de que, en vista de que morir sería un terrible genocidio de mis creaciones, el exilio es la única salida. El marcharme de este lugar para no volver jamás será lo más piadoso para con esta gente que aquí habita, que mantendré viva con mi memoria.

Pienso que tal vez esto sea lo que ha pasado siempre con los creadores,los dioses y sus mitos. Al final, cansados de su poder, que los hacía tan distintos, se fueron, como voy a irme yo tan pronto acabe esta reflexión en la arena. Sin embargo, algo de orgullo por mi creación y paternidad queda en mí, por lo que no me iré como un ladrón en la noche, y dejaré este testimonio de mí aquí, en esta playa inaccesible, para que lo encuentre algún audaz aventurero, o quizá algún viajero perdido. Poco a poco,la arena se endurece y se levanta. Una pesada losa de piedra contiene ahora mi despedida, inevitable como el tiempo. Y ahora, como todo creador antes de mí, dejaré mi obra en el tapiz del universo y dejaré que la vida siga su curso. Así pues, me desvanezco en el aire como un jirón de nube, y atravieso la distancia intemporal para buscar nuevos horizontes. Aunque esto no es una total renuncia, visitaré mi mundo (qué orgullo) a menudo con la mente, y mi mundo siempre estará mientras esté mi mente, mente triste y soñadora, feroz y orgullosa, a través de la eternidad...

Castillos en las Nubes

Después de escalar la montaña, la quietud y el aire helado de la cima resultan un shock enorme. Tras recuperarme unos instantes alzo la vista al cielo. Un instante de meditación y me pongo manos a la obra. Con un imperioso gesto unas formidables columnas de piedra se alzan cambiando la superficie de la roca. Los muros de mi castillo están terminados y el resto emerge rápidamente.

El último toque es añadir los estandartes. Parece claro, un avellano dorado sobre una grieta negra. El fondo es un campo verde. Con un empujón traspaso la puerta y subo los escalones hasta mi trono. Una vez en él, empiezan a llegar los cortesanos, que se sitúan alrededor. Hago aparecer una mesa de madera tallada, y dos filas de sirvientes entran desde detrás del trono. La más opulenta fiesta se desarrolla en el comedor, mientras yo observo aburrido, pensado en una joven, una avellana. Sonrío levemente, un banquete y yo pensando en avellanas. De pronto las puertas se abre un poco y entra una mujer, ataviada con una túnica alba resplandeciente, de la más fina seda. Me pongo en pie, súbitamente contento, y con un barrido de mi brazo todo desaparece, sirvientes, cortesanos, mesa, comida, todo. Sólo estamos ella y yo. El Rey de la Montaña y la Reina Avellana. Tomo su delicada mano blanca y comienzo un baile suave, mientras suena una balada rock, que parece surgir de las propias paredes del castillo y los recovecos de mi alma al mismo tiempo. Tras el baile y un apasionado beso, nos sentamos en los tronos, el suyo de madera de avellano y el mío de roca dura, huesos de montaña. Con las manos entrelazadas, los cortesanos reaparecen y nos saludan. La miro y sonrío de nuevo, esta vez radiante como una estrella. Ella me sonríe y mi felicidad es por fin completa.

El Rey Bajo la Montaña

Sudor. Polvo y dolor. Estas son mis únicas realidades mientras subo a lo alto de la más grandiosa montaña que jamás haya visto el hombre. Llevo tres días sin parar de subir, pero el cansancio sólo parece estar ahí para recordarme que estoy subiendo, no para impedirme la subida. A través del continuo esfuerzo me he liberado de todos los pensamientos que poblaban mi mente, y me he concentrado en escalar, y escalar, y escalar todo mi mundo. No hay límite a la caída, como no parece haber límite a la subida. Me enderezo en un saliente. A mi alrededor hay una especie de camino polvoriento que asciende en una ligera pendiente. Siguiendo el camino descubro la entrada a una caverna. Me agacho para entrar, y cuando alzo la vista mi corazón se sobrecoge. Ante mí se halla la más fastuosa sala del trono que ningún rey haya poseído, y en el centro de ella se sienta un gran rey, de anchos hombros, noble rostro y benévola sonrisa. De pronto, ante mi atónita mirada, el rey comienza a envejecer a toda prisa, y los lujosos tapices de las paredes se empiezan a marchitar y deshacer. Pronto, del rey no queda sino un horrible esqueleto, con la piel todavía tirante en los huesos, y una macabra sonrisa en el rostro. Su cabeza cae sobre un hombro, y la corona de oro rebota contra los escalones y rueda hasta mis pies. La recojo cuidadosamente y la miro. Hay varios rubíes, zafiros y esmeraldas engarzados en la corona, extrañamente intacta. Pero lo que más llama mi atención es una enorme joya negra, alargada y con forma de rayo, que está en el centro del frontal. Su pulida superficie es de un negro magnético, oscuro como las profundidades, y más parece ser convexa que cóncava.

Llevado por el orgullo, o tal vez la curiosidad, me pongo la corona en la cabeza. Se ciñe perfectamente, como si estuviera hecha a medida. En ese instante, el techo de la caverna comienza a resquebrajarse, y apenas me da tiempo a salir antes de ser sepultado junto al esquelético rey y su corte. Toco las puntas de la corona para ver si les ha ocurrido algo, y me alegro al descubrir que no ha sido así. Reanudo la subida con nuevas fuerzas y en poco tiempo las nubes están por detrás de mí, pero aún no veo la cima.

Heraldo

Desperté en un mundo sin vida, en una especie de copia de mi primer mundo, anterior a la Grieta. Vi el Cerezo muerto, que vivió para morir de nuevo en la inmensidad, solo. Grité desesperado en mi soledad, pero la llanura absorbió mi grito y lo destruyó, como había destruido todo lo demás. La tierra seca bebía mis palabras, bebía mis fuerzas, mi alma. Di unos pasos, agobiado por el dolor que salía de la propia naturaleza y su muerte, pero di con mi cuerpo en el suelo. Lloré hasta quedar sin lágrimas, y el Cerezo las bebió hasta saciarse.

Al levantarme del suelo, vi que el Cerezo aún vivía. Un retoño solitario brillaba en una rama. Sonreí con la mejor sonrisa que pude y alargué mi brazo para tocarlo. En cuanto mi dedo rozó el capullo, éste se abrió y floreció con una pequeña lluvia de polen. Aparté mi mano, sorprendido, y vi que todo el árbol estaba brotando. Desde el reseco tronco hasta las mustias ramas, todo cobró vida de repente, y la tierra reverdeció alrededor. Reí de felicidad, y toqué el polvo, y se cubrió de hierba verde. A mi alrededor todo iba creciendo y floreciendo, como en la primavera más gloriosa que se hubiera visto jamás. Riendo y gritando salté la grieta, por encima, sin preocuparme de su anchura descomunal ni de su profundidad. Corrí hacia las montañas, con el frondoso bosque de cerezos recién nacidos tras de mí, y era como el heraldo del renacer.

Cerezas y avellanas

Ante mis ojos, la niña va creciendo, transformándose en una jovencita de cabellos alborotados, después en una hermosa muchacha de ojos de avellana. Sin decir una palabra pone un pie descalzo en la superficie del arroyo. Da un paso. No me sorprende que no se hunda. Todo en ella tiene un aire como de etereidad. Cruza el riachuelo en un par de pasos y se planta frente a mí. Bajo la tenue luz invernal, parece una pequeña diosa del bosque. Mi chica-avellana. Tan cerca que huelo el perfume de su pelo por encima incluso del aroma de los cerezos. Huele a hogar, a retorno. Huele a aventuras bajo los árboles y a romance entre las olas. Huele a mí. A la parte de mí que es ella, que en un suspiro arrebató el pedazo de mi corazón que le pertenece, ahora y por siempre. Nuestros ojos se encuentran y me siento tranquilo. Con un roce de su mano en mi mejilla hace que casi pierda el sentido y trate de tomar sus delicados dedos.

Se desvanece antes de que lo consiga. Se gira y se pierde entre los cerezos en flor. La sigo. Mi vida corre delante de mí, y me esquiva furtiva. Aquí o allí un revoloteo de su túnica blanca, de su bufanda de colores. Tras una eternidad buscando, la encuentro en un claro, sentada, con los ojos cerrados. Me acerco. Alza un brazo. Cuando nuestras manos se tocan, siento un escalofrío de placer y me dejo caer rendido en la hierba. Lleno de vida, me doy cuenta de que los cerezos se han transformado en avellanos, y que su perfume ha cambiado para imitar el olor de mi avellana. Su boca toca mi boca y sólo encuentro negrura. Negrura y suavidad.

Polvo y sueños

No hay vida en la grieta. la luz dejó de brillar hace mucho, y ya no siento ninguna calidez en mis brazos. La oscuridad lo envuelve todo, como una terrible mortaja. Mi reloj me dice que ayer empezaron las voces, y han aparecido de forma intermitente. Las voces suenan largo tiempo olvidadas y, a la vez, nunca conocidas. En una caída frenética al principio, parece que me he estabilizado en mi descenso. Mi cabeza retumba con el martillear de estos extraños visitantes, y no consigo dormir bien. Hace un rato me pareció oír un silbido. De pronto, un golpe y una nube de polvo me abrazan amorosamente.

He llegado.

Tocado el fondo, ya no sé qué hacer. Parece que mi anterior existencia en la superficie jamás existió, y que sólo fue un sueño en mi caída. Sueños en la grieta. El suelo bajo mis manos es cálido, de una arena fina y oscura. No la veo pero lo sé. Me pongo de pie y voy tanteando, tanteando en la negrura. El sonido de un arroyo me hace girarme. Veo una pequeña luz oscilante. En una desesperada precipitación, corro hacia ella sin saber de que puede tratarse. En un instante, la luz me ciega. Me veo rodeado de luminosidad, y el arroyo. Estoy plantado en mitad de un jardín de cerezos en flor, y noto que mi reloj de pulsera desaparece. Una niña aparece al otro lado del arroyo y me saluda con la mano.

Aroma de cerezo

Miro a mi alrededor y lo que veo no es otra cosa que un erial desolado. Alzo la vista al cielo y lo que veo es un sol moribundo que se esconde humillado tras las lejanas montañas de escarpadas cumbres y acerados brillos. Grito en mi desesperada soledad en busca de alguien que me escuche y comparta mi carga, tan pesada que me hace andar doblado. Camino sin rumbo fijo en el baldío que es ahora todo mi mundo, cuando llego al final. El final de un camino, el final de todos los caminos.

La grieta.

Siempre llego a la grieta, día tras día en mi monótona tristeza. No importa hacia dónde camine, si me guío por el sol o por las estrellas, incluso aunque intente deliberadamente evitarla, siempre aparece. Aparece todos los días en el mismo momento, siempre llego a ella a las 12:34 exactas. Mi viejo reloj de pulsera me lo indica así todas las noches. Creo que significa que la grieta está a la misma distancia en todas direcciones. Es curioso, sin embargo, que nunca se vea la grieta hasta que estoy encima de ella, casi cayendo. A la mañana despierto y no está. Sólo está el raquítico cerezo muerto hace tanto, tanto tiempo como llevo aquí.

En mi interior sé que busco la grieta. La persigo incesantemente sin acabar de desearlo. Quizá la grieta es la salida de este lugar. A veces pienso en saltar al otro lado, pero entonces parece ensancharse y desisto. Otras veces pienso en dejarme caer y acabar, aunque algo me dice que ahí abajo no está el final sino el principio.En realidad uno de mis mayores deseos es ver las montañas, esas montañas que se tragan el sol cada día. La grieta me frustra hasta en eso. El cerezo me insta a irme, cuando me acuna bajo su escurridiza sombra.

Sin darme cuenta me he sentado al borde del abismo, con las piernas colgando. Siento como si me llamaran a casa desde abajo. La puerta está abajo, me dice mi corazón. Bajo la anhelante mirada y escruto la oscuridad pensativo. Necesito una llave. Me pongo en pie y miro estúpidamente alrededor. De pronto, un brillo tiznado de rojo me toca las pupilas. Una gastada llave de metal, que vibra expectante en mis manos. Es la señal que necesitaba. Doy un paso, uno sólo. Un paso sobre la oscuridad y una caída larga como una vida. El cerezo ha vuelto a florecer, y el viento trae su aroma y sus flores desde la lejanía...