El sol aún no había terminado de salir cuando llegué a la ciudad. Aún tenía muchas horas de luz por delante, y eso me beneficiaba enormemente. Vi una gasolinera a un lado de la carretera. Probé el primer surtidor, pero estaba vacío. En el segundo todavía había algo de combustible. Llené la lata que llevaba en la moto y la guardé otra vez. Llené también el depósito, por precaución. Dejé la moto allí: mejor no hacer ruido. Cogí la escopeta y me puse a caminar por la calle. Por todas partes la destrucción era clara. Algunos edificios se mantenían en pie, pero la mayoría habían sido reducidos a escombros. La guerra fue dura, pero lo que vino después fue peor. En un principio todo se redujo a conflictos periféricos, guerras financiadas en Oriente Medio y África, pero un día, todo estalló. Las atómicas arrasaron la mayor parte de los países desarrollados, y de la noche a la mañana ya no quedó nada. Yo era muy pequeño por aquel entonces, tendría apenas diez años, y lo único que recuerdo de la Guerra que Acabó con las Guerras fue el esconderme con mi madre en un gran complejo subterráneo.
Mientras avanzaba por la ciudad desierta empecé a oír ruidos en los edificios de alrededor. Arrastrar de pasos, roce de ropas, alguna palabra inconexa. Vi un pequeño supermercado, uno de los muchos negocios que habían intentado prosperar después de la destrucción, y que, como todos, había fracasado. Avancé con paso rápido hasta estar dentro. Una vez allí miré por los cristales de la puerta. Nadie me seguía. Bien. Cogí lo primero que vi, unas salchichas y una bolsa de patatas fritas. Me metí en los bolsillos unas cuantas latas de judías, el alimento que me había acompañado casi desde que salí del refugio. De pronto un brillo dorado captó mi atención. Una botella de whisky reflejaba los rayos de sol en un estante. La cogí y me la metí en la gabardina. Oí un ruido en la puerta y me giré, metiendo algo desconocido en mi bolsa. Allí había una jovencita como de unos 17 años, sosteniendo de forma insegura un viejo revólver.
-¿Quién eres tú?-preguntó-¡Vete de aquí!
-Menos mal-contesté aliviado- Pensé que eras uno de ellos. Ven conmigo, te sacaré de aquí. Tengo una moto...
-¿Una moto?-el tono de anhelo en su voz me dijo que estaba desesperada- ¿Está muy lejos?
-Menos de cinco kilómetros. Si nos damos prisa estaremos en camino antes de la tarde. No te preocupes, no nos encontrarán. Llevo...
En ese momento un golpe contra el cristal nos sorprendió. Uno de ellos estaba intentando entrar. La chica se asustó y disparó. El cuerpo cayó al suelo con un estrépito de cristales rotos.
-¿QUÉ HAS HECHO?-grité- ¡AHORA VENDRÁN TODOS AQUÍ!
La chica parecía al borde de las lágrimas. Para tranquilizarla le dije que no pasaba nada, que no nos cogerían. La agarré por el brazo y la arrastré hasta la puerta. Las calles se estaban empezando a llenar de curiosos hambrientos. Empecé a correr en dirección a la salida de la ciudad tirando de su brazo. Entonces pareció reaccionar y se puso a correr. Así, corrimos juntos hacia la gasolinera, perseguidos por la horda furiosa y sanguinaria.
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Voilá, parte 2. Espero que os guste y que os vayáis enganchando (yo mismo estoy ahora muy enganchado). No cambien de canal, en el próximo episodio habrá GRANDES REVELACIONES
Mundo muerto, parte 1
Sentí el viento cortante en la cara nada más arrancar la moto. El polvo y la arena del desierto se me metía en los ojos y me dificultaban mucho la visión. Saqué mis gafas de sol del bolsillo y paré un instante. Miré hacia atrás a través de los cristales oscuros y sucios. No parecía que me siguieran. Arranqué de nuevo y seguí por la larga carretera. Durante una media hora no ocurrió nada particular, pero de pronto vi un cartel medio caído a un lado de la carretera: "20 km a ----"La última palabra estaba ilegible, pero eso no cambiaba nada. Había una ciudad cerca, y las ciudades eran una bendición y una maldición al mismo tiempo. Si pasaba por allí podría encontrar comida y quizá gasolina, pero el peligro de que me atrapasen era también mucho mayor, más aún con el ruido que hacía mi moto. Palpé la gabardina para asegurarme de que todo seguía en su sitio: la munición, el revólver y el cuchillo. Noté algo extraño y lo saqué. Ni más ni menos que mi viejo móvil. Llevábamos unos dos años sin poder usar los móviles, así que lo tiré. Sin embargo, al verlo ahí tirado, lleno de polvo del camino, sentí como si fuera lo único que me atara de algún modo a mi pasado. Lo recogí, soplé el polvo y lo volví a guardar. Comprobé el nivel de gasolina y el estado de la escopeta. Con todo en orden, me dispuse a pasar por la ciudad.
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Sí, ya se que llevo siglos sin actualizar, pero voy a ver si me pongo a escribir regularmente, por lo menos hasta acabar con este arco.
P.D. Esto no tiene nada que ver con la anterior entrada, no dejéis que el nombre os confunda.
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Sí, ya se que llevo siglos sin actualizar, pero voy a ver si me pongo a escribir regularmente, por lo menos hasta acabar con este arco.
P.D. Esto no tiene nada que ver con la anterior entrada, no dejéis que el nombre os confunda.
Inicio del viaje
Es un nuevo día. La luz de la mañana me muestra un nuevo horizonte por visitar, y un par de colinas por recorrer. No reconozco el sitio, pero eso no importa. Me pongo de pie y me desperezo lentamente. Mi mano se pone a rascarme el pecho de forma distraída. No veo la camiseta por ningún lado. Ahora que lo pienso, tampoco están mis zapatillas ni mis calcetines. Gracias a Dios que aún tengo los pantalones. Eso bastará. Cojo la mochilita y me pongo en camino. El rocío de la hierba me moja los pies y me hace cosquillas. Lanzo una carcajada al viento, que se la lleva volando mar adentro. Tras una o dos horas caminando veo una figura sentada en un tocón. Cuando llego a su lado, la figura (un anciano) levanta la cabeza y me mira.
Tras unos instantes de silencio, su boca se tuerce en una mueca de desdén y suelta una risa parecida a un cacareo. "Crees que serás joven y fuerte para siempre, ¿verdad? Pues contempla los estragos de la vejez y desespera." Mi primer impulso fue echar a correr ante la espantosa revelación. Su expresión calavérica y sus descarnadas manos como garras de algún ave espantosa me llenaron de horror. Pero entonces le miré a los ojos y descubrí la realidad de su vergüenza y su odio hacia sí mismo. "No temo a la vejez, anciano, porque ahora que la he visto cara a cara he descubierto que el horror no está en la vejez misma, sino en el carácter de cada uno. Así, no he de temer el paso del tiempo, sino que debo procurar vivir mi vida según mi carácter, y todo irá bien. De eso estoy seguro." Entonces el viejo se estremeció y pareció encojerse. Continuando mi camino miré hacia atrás un instante y vi que el anciano ya no estaba, y en su lugar una voluta de humo oscuro se deshilachaba en el viento.
Tras unos instantes de silencio, su boca se tuerce en una mueca de desdén y suelta una risa parecida a un cacareo. "Crees que serás joven y fuerte para siempre, ¿verdad? Pues contempla los estragos de la vejez y desespera." Mi primer impulso fue echar a correr ante la espantosa revelación. Su expresión calavérica y sus descarnadas manos como garras de algún ave espantosa me llenaron de horror. Pero entonces le miré a los ojos y descubrí la realidad de su vergüenza y su odio hacia sí mismo. "No temo a la vejez, anciano, porque ahora que la he visto cara a cara he descubierto que el horror no está en la vejez misma, sino en el carácter de cada uno. Así, no he de temer el paso del tiempo, sino que debo procurar vivir mi vida según mi carácter, y todo irá bien. De eso estoy seguro." Entonces el viejo se estremeció y pareció encojerse. Continuando mi camino miré hacia atrás un instante y vi que el anciano ya no estaba, y en su lugar una voluta de humo oscuro se deshilachaba en el viento.
Líneas en la arena
Un niño pasea por la playa con su perro,dejando sus huellas en la arena mojada. El niño inunda el aire con sus risas jóvenes y despreocupadas. Al cabo de un rato coge un palo y empieza a trazar dibujos en la arena. Dibuja un par de monigotes y después intenta dibujar a su perro. Se ríe de su resultado, y más aún cuando el perro se acerca y contempla su retrato. El niño lanza el palo y el perro lo persigue incansable. De pronto, el niño lanza con demasiada fuerza y el palo pasa por encima de unas rocas. Aun así, el perro, un joven animal de pelo lustroso y negro, corre mojándose las patas para recuperarlo. Sin embargo,esta vez no regresa. Al principio el chico llama a su amigo entre carcajadas, y trota hacia las rocas. Poco a poco el jovencito empieza a asustarse, y llama al perro con más insistencia. Al llegar al otro lado de las rocas se encuentra a su amigo, ileso pero inmóvil, frente a una enorme placa de granito. El chico se acerca a mirarla. Al principio cree que se trata de una broma, pero cuando termina de leer se convence, está convencido de haber encontrado la prueba de la existencia de Dios, el Dios del que ha oído hablar a sus padres, a los poetas y a casi todo el mundo. El creador de su mundo existe, y su firma, pequeña en el ancho mundo, se encuentra allí, en esa playa que no volverá a ver jamás, que rehuirá sus esfuerzos por encontrarla, esa playita errante, que ira vagando por el mundo, enseñando su silencioso mensaje a todos por igual, jamás dos veces en un mismo sitio.
Adioses en las rocas
La espuma lame las perdidas orillas de esta playa, donde me encuentro solo,abandonado a mis pensamientos. Atrás quedan los lujos y festejos de castillos y palacios, y las lisonjas de incontables caballeros, escuderos y damas. Sin siquiera una camisa que me tape de la deliciosa brisa marina, me he sentado a meditar en una roca junto al mar.
Y pensando he pensado que todos mis desvelos por esta creación mía han sido vanos, una sutil ironía que me ha hecho darme cuenta de que no pertenezco a este lugar, pese a ser su creador y su motor principal. Tengo la sospecha de que ese hastío tan temido por Baudelaire se ha adueñado de mi alma, ennegreciendo mis pensamientos y mis actos. He llegado, pues, a la conclusión de que, en vista de que morir sería un terrible genocidio de mis creaciones, el exilio es la única salida. El marcharme de este lugar para no volver jamás será lo más piadoso para con esta gente que aquí habita, que mantendré viva con mi memoria.
Pienso que tal vez esto sea lo que ha pasado siempre con los creadores,los dioses y sus mitos. Al final, cansados de su poder, que los hacía tan distintos, se fueron, como voy a irme yo tan pronto acabe esta reflexión en la arena. Sin embargo, algo de orgullo por mi creación y paternidad queda en mí, por lo que no me iré como un ladrón en la noche, y dejaré este testimonio de mí aquí, en esta playa inaccesible, para que lo encuentre algún audaz aventurero, o quizá algún viajero perdido. Poco a poco,la arena se endurece y se levanta. Una pesada losa de piedra contiene ahora mi despedida, inevitable como el tiempo. Y ahora, como todo creador antes de mí, dejaré mi obra en el tapiz del universo y dejaré que la vida siga su curso. Así pues, me desvanezco en el aire como un jirón de nube, y atravieso la distancia intemporal para buscar nuevos horizontes. Aunque esto no es una total renuncia, visitaré mi mundo (qué orgullo) a menudo con la mente, y mi mundo siempre estará mientras esté mi mente, mente triste y soñadora, feroz y orgullosa, a través de la eternidad...
Y pensando he pensado que todos mis desvelos por esta creación mía han sido vanos, una sutil ironía que me ha hecho darme cuenta de que no pertenezco a este lugar, pese a ser su creador y su motor principal. Tengo la sospecha de que ese hastío tan temido por Baudelaire se ha adueñado de mi alma, ennegreciendo mis pensamientos y mis actos. He llegado, pues, a la conclusión de que, en vista de que morir sería un terrible genocidio de mis creaciones, el exilio es la única salida. El marcharme de este lugar para no volver jamás será lo más piadoso para con esta gente que aquí habita, que mantendré viva con mi memoria.
Pienso que tal vez esto sea lo que ha pasado siempre con los creadores,los dioses y sus mitos. Al final, cansados de su poder, que los hacía tan distintos, se fueron, como voy a irme yo tan pronto acabe esta reflexión en la arena. Sin embargo, algo de orgullo por mi creación y paternidad queda en mí, por lo que no me iré como un ladrón en la noche, y dejaré este testimonio de mí aquí, en esta playa inaccesible, para que lo encuentre algún audaz aventurero, o quizá algún viajero perdido. Poco a poco,la arena se endurece y se levanta. Una pesada losa de piedra contiene ahora mi despedida, inevitable como el tiempo. Y ahora, como todo creador antes de mí, dejaré mi obra en el tapiz del universo y dejaré que la vida siga su curso. Así pues, me desvanezco en el aire como un jirón de nube, y atravieso la distancia intemporal para buscar nuevos horizontes. Aunque esto no es una total renuncia, visitaré mi mundo (qué orgullo) a menudo con la mente, y mi mundo siempre estará mientras esté mi mente, mente triste y soñadora, feroz y orgullosa, a través de la eternidad...
Castillos en las Nubes
Después de escalar la montaña, la quietud y el aire helado de la cima resultan un shock enorme. Tras recuperarme unos instantes alzo la vista al cielo. Un instante de meditación y me pongo manos a la obra. Con un imperioso gesto unas formidables columnas de piedra se alzan cambiando la superficie de la roca. Los muros de mi castillo están terminados y el resto emerge rápidamente.
El último toque es añadir los estandartes. Parece claro, un avellano dorado sobre una grieta negra. El fondo es un campo verde. Con un empujón traspaso la puerta y subo los escalones hasta mi trono. Una vez en él, empiezan a llegar los cortesanos, que se sitúan alrededor. Hago aparecer una mesa de madera tallada, y dos filas de sirvientes entran desde detrás del trono. La más opulenta fiesta se desarrolla en el comedor, mientras yo observo aburrido, pensado en una joven, una avellana. Sonrío levemente, un banquete y yo pensando en avellanas. De pronto las puertas se abre un poco y entra una mujer, ataviada con una túnica alba resplandeciente, de la más fina seda. Me pongo en pie, súbitamente contento, y con un barrido de mi brazo todo desaparece, sirvientes, cortesanos, mesa, comida, todo. Sólo estamos ella y yo. El Rey de la Montaña y la Reina Avellana. Tomo su delicada mano blanca y comienzo un baile suave, mientras suena una balada rock, que parece surgir de las propias paredes del castillo y los recovecos de mi alma al mismo tiempo. Tras el baile y un apasionado beso, nos sentamos en los tronos, el suyo de madera de avellano y el mío de roca dura, huesos de montaña. Con las manos entrelazadas, los cortesanos reaparecen y nos saludan. La miro y sonrío de nuevo, esta vez radiante como una estrella. Ella me sonríe y mi felicidad es por fin completa.
El último toque es añadir los estandartes. Parece claro, un avellano dorado sobre una grieta negra. El fondo es un campo verde. Con un empujón traspaso la puerta y subo los escalones hasta mi trono. Una vez en él, empiezan a llegar los cortesanos, que se sitúan alrededor. Hago aparecer una mesa de madera tallada, y dos filas de sirvientes entran desde detrás del trono. La más opulenta fiesta se desarrolla en el comedor, mientras yo observo aburrido, pensado en una joven, una avellana. Sonrío levemente, un banquete y yo pensando en avellanas. De pronto las puertas se abre un poco y entra una mujer, ataviada con una túnica alba resplandeciente, de la más fina seda. Me pongo en pie, súbitamente contento, y con un barrido de mi brazo todo desaparece, sirvientes, cortesanos, mesa, comida, todo. Sólo estamos ella y yo. El Rey de la Montaña y la Reina Avellana. Tomo su delicada mano blanca y comienzo un baile suave, mientras suena una balada rock, que parece surgir de las propias paredes del castillo y los recovecos de mi alma al mismo tiempo. Tras el baile y un apasionado beso, nos sentamos en los tronos, el suyo de madera de avellano y el mío de roca dura, huesos de montaña. Con las manos entrelazadas, los cortesanos reaparecen y nos saludan. La miro y sonrío de nuevo, esta vez radiante como una estrella. Ella me sonríe y mi felicidad es por fin completa.
El Rey Bajo la Montaña
Sudor. Polvo y dolor. Estas son mis únicas realidades mientras subo a lo alto de la más grandiosa montaña que jamás haya visto el hombre. Llevo tres días sin parar de subir, pero el cansancio sólo parece estar ahí para recordarme que estoy subiendo, no para impedirme la subida. A través del continuo esfuerzo me he liberado de todos los pensamientos que poblaban mi mente, y me he concentrado en escalar, y escalar, y escalar todo mi mundo. No hay límite a la caída, como no parece haber límite a la subida. Me enderezo en un saliente. A mi alrededor hay una especie de camino polvoriento que asciende en una ligera pendiente. Siguiendo el camino descubro la entrada a una caverna. Me agacho para entrar, y cuando alzo la vista mi corazón se sobrecoge. Ante mí se halla la más fastuosa sala del trono que ningún rey haya poseído, y en el centro de ella se sienta un gran rey, de anchos hombros, noble rostro y benévola sonrisa. De pronto, ante mi atónita mirada, el rey comienza a envejecer a toda prisa, y los lujosos tapices de las paredes se empiezan a marchitar y deshacer. Pronto, del rey no queda sino un horrible esqueleto, con la piel todavía tirante en los huesos, y una macabra sonrisa en el rostro. Su cabeza cae sobre un hombro, y la corona de oro rebota contra los escalones y rueda hasta mis pies. La recojo cuidadosamente y la miro. Hay varios rubíes, zafiros y esmeraldas engarzados en la corona, extrañamente intacta. Pero lo que más llama mi atención es una enorme joya negra, alargada y con forma de rayo, que está en el centro del frontal. Su pulida superficie es de un negro magnético, oscuro como las profundidades, y más parece ser convexa que cóncava.
Llevado por el orgullo, o tal vez la curiosidad, me pongo la corona en la cabeza. Se ciñe perfectamente, como si estuviera hecha a medida. En ese instante, el techo de la caverna comienza a resquebrajarse, y apenas me da tiempo a salir antes de ser sepultado junto al esquelético rey y su corte. Toco las puntas de la corona para ver si les ha ocurrido algo, y me alegro al descubrir que no ha sido así. Reanudo la subida con nuevas fuerzas y en poco tiempo las nubes están por detrás de mí, pero aún no veo la cima.
Llevado por el orgullo, o tal vez la curiosidad, me pongo la corona en la cabeza. Se ciñe perfectamente, como si estuviera hecha a medida. En ese instante, el techo de la caverna comienza a resquebrajarse, y apenas me da tiempo a salir antes de ser sepultado junto al esquelético rey y su corte. Toco las puntas de la corona para ver si les ha ocurrido algo, y me alegro al descubrir que no ha sido así. Reanudo la subida con nuevas fuerzas y en poco tiempo las nubes están por detrás de mí, pero aún no veo la cima.
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