Adioses en las rocas

La espuma lame las perdidas orillas de esta playa, donde me encuentro solo,abandonado a mis pensamientos. Atrás quedan los lujos y festejos de castillos y palacios, y las lisonjas de incontables caballeros, escuderos y damas. Sin siquiera una camisa que me tape de la deliciosa brisa marina, me he sentado a meditar en una roca junto al mar.

Y pensando he pensado que todos mis desvelos por esta creación mía han sido vanos, una sutil ironía que me ha hecho darme cuenta de que no pertenezco a este lugar, pese a ser su creador y su motor principal. Tengo la sospecha de que ese hastío tan temido por Baudelaire se ha adueñado de mi alma, ennegreciendo mis pensamientos y mis actos. He llegado, pues, a la conclusión de que, en vista de que morir sería un terrible genocidio de mis creaciones, el exilio es la única salida. El marcharme de este lugar para no volver jamás será lo más piadoso para con esta gente que aquí habita, que mantendré viva con mi memoria.

Pienso que tal vez esto sea lo que ha pasado siempre con los creadores,los dioses y sus mitos. Al final, cansados de su poder, que los hacía tan distintos, se fueron, como voy a irme yo tan pronto acabe esta reflexión en la arena. Sin embargo, algo de orgullo por mi creación y paternidad queda en mí, por lo que no me iré como un ladrón en la noche, y dejaré este testimonio de mí aquí, en esta playa inaccesible, para que lo encuentre algún audaz aventurero, o quizá algún viajero perdido. Poco a poco,la arena se endurece y se levanta. Una pesada losa de piedra contiene ahora mi despedida, inevitable como el tiempo. Y ahora, como todo creador antes de mí, dejaré mi obra en el tapiz del universo y dejaré que la vida siga su curso. Así pues, me desvanezco en el aire como un jirón de nube, y atravieso la distancia intemporal para buscar nuevos horizontes. Aunque esto no es una total renuncia, visitaré mi mundo (qué orgullo) a menudo con la mente, y mi mundo siempre estará mientras esté mi mente, mente triste y soñadora, feroz y orgullosa, a través de la eternidad...

Castillos en las Nubes

Después de escalar la montaña, la quietud y el aire helado de la cima resultan un shock enorme. Tras recuperarme unos instantes alzo la vista al cielo. Un instante de meditación y me pongo manos a la obra. Con un imperioso gesto unas formidables columnas de piedra se alzan cambiando la superficie de la roca. Los muros de mi castillo están terminados y el resto emerge rápidamente.

El último toque es añadir los estandartes. Parece claro, un avellano dorado sobre una grieta negra. El fondo es un campo verde. Con un empujón traspaso la puerta y subo los escalones hasta mi trono. Una vez en él, empiezan a llegar los cortesanos, que se sitúan alrededor. Hago aparecer una mesa de madera tallada, y dos filas de sirvientes entran desde detrás del trono. La más opulenta fiesta se desarrolla en el comedor, mientras yo observo aburrido, pensado en una joven, una avellana. Sonrío levemente, un banquete y yo pensando en avellanas. De pronto las puertas se abre un poco y entra una mujer, ataviada con una túnica alba resplandeciente, de la más fina seda. Me pongo en pie, súbitamente contento, y con un barrido de mi brazo todo desaparece, sirvientes, cortesanos, mesa, comida, todo. Sólo estamos ella y yo. El Rey de la Montaña y la Reina Avellana. Tomo su delicada mano blanca y comienzo un baile suave, mientras suena una balada rock, que parece surgir de las propias paredes del castillo y los recovecos de mi alma al mismo tiempo. Tras el baile y un apasionado beso, nos sentamos en los tronos, el suyo de madera de avellano y el mío de roca dura, huesos de montaña. Con las manos entrelazadas, los cortesanos reaparecen y nos saludan. La miro y sonrío de nuevo, esta vez radiante como una estrella. Ella me sonríe y mi felicidad es por fin completa.

El Rey Bajo la Montaña

Sudor. Polvo y dolor. Estas son mis únicas realidades mientras subo a lo alto de la más grandiosa montaña que jamás haya visto el hombre. Llevo tres días sin parar de subir, pero el cansancio sólo parece estar ahí para recordarme que estoy subiendo, no para impedirme la subida. A través del continuo esfuerzo me he liberado de todos los pensamientos que poblaban mi mente, y me he concentrado en escalar, y escalar, y escalar todo mi mundo. No hay límite a la caída, como no parece haber límite a la subida. Me enderezo en un saliente. A mi alrededor hay una especie de camino polvoriento que asciende en una ligera pendiente. Siguiendo el camino descubro la entrada a una caverna. Me agacho para entrar, y cuando alzo la vista mi corazón se sobrecoge. Ante mí se halla la más fastuosa sala del trono que ningún rey haya poseído, y en el centro de ella se sienta un gran rey, de anchos hombros, noble rostro y benévola sonrisa. De pronto, ante mi atónita mirada, el rey comienza a envejecer a toda prisa, y los lujosos tapices de las paredes se empiezan a marchitar y deshacer. Pronto, del rey no queda sino un horrible esqueleto, con la piel todavía tirante en los huesos, y una macabra sonrisa en el rostro. Su cabeza cae sobre un hombro, y la corona de oro rebota contra los escalones y rueda hasta mis pies. La recojo cuidadosamente y la miro. Hay varios rubíes, zafiros y esmeraldas engarzados en la corona, extrañamente intacta. Pero lo que más llama mi atención es una enorme joya negra, alargada y con forma de rayo, que está en el centro del frontal. Su pulida superficie es de un negro magnético, oscuro como las profundidades, y más parece ser convexa que cóncava.

Llevado por el orgullo, o tal vez la curiosidad, me pongo la corona en la cabeza. Se ciñe perfectamente, como si estuviera hecha a medida. En ese instante, el techo de la caverna comienza a resquebrajarse, y apenas me da tiempo a salir antes de ser sepultado junto al esquelético rey y su corte. Toco las puntas de la corona para ver si les ha ocurrido algo, y me alegro al descubrir que no ha sido así. Reanudo la subida con nuevas fuerzas y en poco tiempo las nubes están por detrás de mí, pero aún no veo la cima.

Heraldo

Desperté en un mundo sin vida, en una especie de copia de mi primer mundo, anterior a la Grieta. Vi el Cerezo muerto, que vivió para morir de nuevo en la inmensidad, solo. Grité desesperado en mi soledad, pero la llanura absorbió mi grito y lo destruyó, como había destruido todo lo demás. La tierra seca bebía mis palabras, bebía mis fuerzas, mi alma. Di unos pasos, agobiado por el dolor que salía de la propia naturaleza y su muerte, pero di con mi cuerpo en el suelo. Lloré hasta quedar sin lágrimas, y el Cerezo las bebió hasta saciarse.

Al levantarme del suelo, vi que el Cerezo aún vivía. Un retoño solitario brillaba en una rama. Sonreí con la mejor sonrisa que pude y alargué mi brazo para tocarlo. En cuanto mi dedo rozó el capullo, éste se abrió y floreció con una pequeña lluvia de polen. Aparté mi mano, sorprendido, y vi que todo el árbol estaba brotando. Desde el reseco tronco hasta las mustias ramas, todo cobró vida de repente, y la tierra reverdeció alrededor. Reí de felicidad, y toqué el polvo, y se cubrió de hierba verde. A mi alrededor todo iba creciendo y floreciendo, como en la primavera más gloriosa que se hubiera visto jamás. Riendo y gritando salté la grieta, por encima, sin preocuparme de su anchura descomunal ni de su profundidad. Corrí hacia las montañas, con el frondoso bosque de cerezos recién nacidos tras de mí, y era como el heraldo del renacer.

Cerezas y avellanas

Ante mis ojos, la niña va creciendo, transformándose en una jovencita de cabellos alborotados, después en una hermosa muchacha de ojos de avellana. Sin decir una palabra pone un pie descalzo en la superficie del arroyo. Da un paso. No me sorprende que no se hunda. Todo en ella tiene un aire como de etereidad. Cruza el riachuelo en un par de pasos y se planta frente a mí. Bajo la tenue luz invernal, parece una pequeña diosa del bosque. Mi chica-avellana. Tan cerca que huelo el perfume de su pelo por encima incluso del aroma de los cerezos. Huele a hogar, a retorno. Huele a aventuras bajo los árboles y a romance entre las olas. Huele a mí. A la parte de mí que es ella, que en un suspiro arrebató el pedazo de mi corazón que le pertenece, ahora y por siempre. Nuestros ojos se encuentran y me siento tranquilo. Con un roce de su mano en mi mejilla hace que casi pierda el sentido y trate de tomar sus delicados dedos.

Se desvanece antes de que lo consiga. Se gira y se pierde entre los cerezos en flor. La sigo. Mi vida corre delante de mí, y me esquiva furtiva. Aquí o allí un revoloteo de su túnica blanca, de su bufanda de colores. Tras una eternidad buscando, la encuentro en un claro, sentada, con los ojos cerrados. Me acerco. Alza un brazo. Cuando nuestras manos se tocan, siento un escalofrío de placer y me dejo caer rendido en la hierba. Lleno de vida, me doy cuenta de que los cerezos se han transformado en avellanos, y que su perfume ha cambiado para imitar el olor de mi avellana. Su boca toca mi boca y sólo encuentro negrura. Negrura y suavidad.

Polvo y sueños

No hay vida en la grieta. la luz dejó de brillar hace mucho, y ya no siento ninguna calidez en mis brazos. La oscuridad lo envuelve todo, como una terrible mortaja. Mi reloj me dice que ayer empezaron las voces, y han aparecido de forma intermitente. Las voces suenan largo tiempo olvidadas y, a la vez, nunca conocidas. En una caída frenética al principio, parece que me he estabilizado en mi descenso. Mi cabeza retumba con el martillear de estos extraños visitantes, y no consigo dormir bien. Hace un rato me pareció oír un silbido. De pronto, un golpe y una nube de polvo me abrazan amorosamente.

He llegado.

Tocado el fondo, ya no sé qué hacer. Parece que mi anterior existencia en la superficie jamás existió, y que sólo fue un sueño en mi caída. Sueños en la grieta. El suelo bajo mis manos es cálido, de una arena fina y oscura. No la veo pero lo sé. Me pongo de pie y voy tanteando, tanteando en la negrura. El sonido de un arroyo me hace girarme. Veo una pequeña luz oscilante. En una desesperada precipitación, corro hacia ella sin saber de que puede tratarse. En un instante, la luz me ciega. Me veo rodeado de luminosidad, y el arroyo. Estoy plantado en mitad de un jardín de cerezos en flor, y noto que mi reloj de pulsera desaparece. Una niña aparece al otro lado del arroyo y me saluda con la mano.

Aroma de cerezo

Miro a mi alrededor y lo que veo no es otra cosa que un erial desolado. Alzo la vista al cielo y lo que veo es un sol moribundo que se esconde humillado tras las lejanas montañas de escarpadas cumbres y acerados brillos. Grito en mi desesperada soledad en busca de alguien que me escuche y comparta mi carga, tan pesada que me hace andar doblado. Camino sin rumbo fijo en el baldío que es ahora todo mi mundo, cuando llego al final. El final de un camino, el final de todos los caminos.

La grieta.

Siempre llego a la grieta, día tras día en mi monótona tristeza. No importa hacia dónde camine, si me guío por el sol o por las estrellas, incluso aunque intente deliberadamente evitarla, siempre aparece. Aparece todos los días en el mismo momento, siempre llego a ella a las 12:34 exactas. Mi viejo reloj de pulsera me lo indica así todas las noches. Creo que significa que la grieta está a la misma distancia en todas direcciones. Es curioso, sin embargo, que nunca se vea la grieta hasta que estoy encima de ella, casi cayendo. A la mañana despierto y no está. Sólo está el raquítico cerezo muerto hace tanto, tanto tiempo como llevo aquí.

En mi interior sé que busco la grieta. La persigo incesantemente sin acabar de desearlo. Quizá la grieta es la salida de este lugar. A veces pienso en saltar al otro lado, pero entonces parece ensancharse y desisto. Otras veces pienso en dejarme caer y acabar, aunque algo me dice que ahí abajo no está el final sino el principio.En realidad uno de mis mayores deseos es ver las montañas, esas montañas que se tragan el sol cada día. La grieta me frustra hasta en eso. El cerezo me insta a irme, cuando me acuna bajo su escurridiza sombra.

Sin darme cuenta me he sentado al borde del abismo, con las piernas colgando. Siento como si me llamaran a casa desde abajo. La puerta está abajo, me dice mi corazón. Bajo la anhelante mirada y escruto la oscuridad pensativo. Necesito una llave. Me pongo en pie y miro estúpidamente alrededor. De pronto, un brillo tiznado de rojo me toca las pupilas. Una gastada llave de metal, que vibra expectante en mis manos. Es la señal que necesitaba. Doy un paso, uno sólo. Un paso sobre la oscuridad y una caída larga como una vida. El cerezo ha vuelto a florecer, y el viento trae su aroma y sus flores desde la lejanía...