Mundo Muerto, Parte 4

El Refugio no era más que un pequeño puntito en la inmensidad de las montañas, aun en su época de mayor esplendor. Realmente, llamarlo El Refugio era una especie de broma, puesto que no era más que una mina abandonada con un par de chapas de metal como puerta y poco más. Sin embargo, era lo mejor que había en muchos kilómetros a la redonda, y uno de los pocos sitios donde todavía me dejaban entrar. Mi joven lastre iba dormida detrás de mí, apoyada contra mi espalda. Le había quitado la mordaza, pero no le desaté las manos. Cuando llegamos a la reja del Refugio le di un golpecito con el hombro. Despertó con un brinco y mirando a todas partes como un conejo asustado. Bajé de la moto.
-Hazme el favor de quedarte quieta en la moto, voy a hablar con el guardia.-Le señalé con el dedo.- Si haces alguna estupidez y no podemos entrar, te juro por lo más jodidamente sagrado que te lo haré pagar.
Hay ocasiones en que parezco un ogro.

Play the Game

-Las reglas son relativamente sencillas.- dijo la muerte mientras se sentaba elegantemente en una silla.- Sabes jugar al ajedrez, ¿me equivoco? No, por supuesto que no me equivoco.
La muerte señaló con un dedo la silla vacía. L. se sentó mientras la muerte seguía explicando.
-Si gano yo, te mataré y te convertiré en mi esclavo para toda la eternidad. Si no, te quedas con la chica. ¿Trato hecho?
-Trato hecho.
Se dio cuenta de que al sentarse el frío había desaparecido, y de hecho el parque nevado se veía borroso, como a través de una densa niebla. La Muerte le dijo que estaban en una extensión de su propio reino inmaterial.
L. sabía jugar al ajedrez, pero nunca se había considerado buen jugador, ni siquiera en su época más brillante. Ahora recordaba los movimientos como un autómata, y repetía las jugadas ensayadas tantas ocasiones. Sin embargo no era tonto, y pronto se dio cuenta de que iba a perder irremisiblemente. Poco a poco fue perdiendo sus piezas y sus opciones de ganar, por pequeñas que fueran, se esfumaron definitivamente. Con sólo un par de peones dispersos, una torre y el rey contra todo un arsenal, reina incluida, se dispuso a rendirse.
De pronto, como un rayo, le llegó una inspiración, como un regalo de un ángel guardián, o acaso el susurro de su amada. Se puso en pie, se arregló cuidadosamente el abrigo y estiró la mano hacia su rey.

Mr. M

Paseaba tranquilo bajo la pálida luna de invierno. El frío viento soplaba inclemente a su alrededor, levantando en el aire volutas de la nieve recién caída. Se quedó quieto unos instantes, contemplando su aliento helado en el aire y la nieve pegada en sus botas. Una ráfaga de viento más intensa de lo normal agitó las sombras de los árboles frente a él. La luz de la farola a su derecha parpadeó un momento, expectante; luego se apagó. Pateó un par de veces en suelo para entrar en calor, mientras contemplaba las sombras reunirse en el camino. Un gato maulló en la distancia. Se preguntó por qué el gato estaría fuera en una noche como aquella. Quizá por una chica, como él. Se sintió súbitamente identificado con el gato, de forma irracional, quizá ambos compartían la misma situación. Para entonces las sombras ya habían acabado de reunirse, y una figura se erguía ante él. Sus ropas eran blancas, y bajo la luz mortecina de la luna su aspecto general era el de un espectro o una estatua de nieve. Un escalofrío que no tenía mucho que ver con el frío le recorrió la espalda.
-Un color muy apropiado.Dijo, rompiendo el silencio nocturno.-Te esperaba de negro.
La figura pareció percatarse por primera vez de su presencia allí, le miró con algo similar a la curiosidad pintado en sus profundos ojos grises.
-El negro no me favorece. Me hace demasiado delgado.-Su voz tenía una sonoridad curiosa, como si no utilizase el aire para comunicarse y resonase en la mente como un coro de tonalidades diferentes.No parecía ni masculina ni femenina, sino más bien una mezcla.-Si no me equivoco tienes algo de lo que hablar.
Dio un par de pasos hacia su interlocutor, con una gracia felina. Cuando se situó en un lugar concreto, L. pudo observar que era delgado, atractivo como un placer prohibido, pero que había no obstante algo aterrador en él. A la luz de la luna su cara parecía como de cera, y los altos pómulos y la afilada nariz quedaban muy resaltados.
L. flexionó las manos dentro de los bolsillos de su largo abrigo y respondió.
-No te equivocas. Y sabes bien lo que quiero.
El otro se acercó a él, rodeándole. Se situó a su izquierda, muy pegado.
-La quieres a ella, ¿verdad?-Con un dedo frío como el mármol le acarició la cara, sonriendo maliciosamente.L. no se movió. Con la voz entrecortada respondió que sí.Fue apenas un susurro, pero a la distancia que les separaba fue como si hubiera gritado. El hombre de blanco se separó de él con rapidez lanzó una carcajada estridente hacia el cielo, que resonó obscenamente durante varios segundos, burlándose de L. desde todos los lugares a su alrededor. Éste se mantuvo quieto, sin respirar apenas. El otro parecía súbitamente encantado, y reía y daba vueltas en la nieve mientras murmuraba,la quiere, la quiere, la quiere... Fue entonces cuando L. se fijó en que el otro sólo llevaba un traje de ejecutivo, con mocasines. "Realmente no me extraña", se dijo."¿Por qué habría él de sentir frío?"
Tras un rato de girar y reír, el hombre de blanco se sentó en un banco cercano, mirando hacia el lago congelado. Le miró y le hizo una seña para que se sentara. L. se acercó, pero se quedó de pie.
-La quiero a ella.-dijo seriamente. ¿Qué tengo que dar a cambio?
El otro rió suavemente y preguntó a su vez:
-¿Estás dispuesto a morir por ella?¿A vivir sin ella?¿A verla pero no tocarla?
L. no titubeó.
-Sí.Sí.Sí.
-¿Crees que no me han suplicado esta gracia durante miles de años, gente mucho más importante que tú? ¿En qué eres diferente?- Se puso en pie.-Aquiles pidió por Patroclo, y estuvo a punto de librarse él mismo;muchos pidieron por Arturo el Pendragón, y no obtuvieron respuesta. Lenin quiso conservarse siempre, pero acabó momificado,muerto, pero conservado. Vamos, si hasta Disney lo intentó. Pero-levantó un dedo.-todos fracasan. No siempre se consigue lo que se quiere, y muchas veces aunque se consiga no es del modo que uno desea.


El aire se hacía más gélido por momentos.L. tenía escarcha en el pelo y se le estaban empezando a formar cristalitos de hielo en la nariz. Ahí estaba, cara a acara con la Muerte, Mr. Muerte en persona.
-Eh, bueno...¿Cuál es la forma habitual de resolver este tipo de situaciones?
No se le ocurrió nada mejor.
-Ja,ja,ja.-Su risa no era demasiado agradable, seca y estridente.- Ya empezaba a pensar que te ibas a echar atrás...
Hizo un leve gesto con la mano y una silla apareció frente al banco. L. se sentó.Un tablero de ajedrez muy elegante, con cuadros rojos y beige se mantenía suspendido en el aire entre ellos.

Mundo Moribundo, parte 1

Henry Bedford saludó al conserje de su edificio con un ligero gesto de la cabeza, casi imperceptible. No era lo que se dice un además, de hecho, casi ni era un gesto. Podría pasar fácilmente por un tic nervioso dada su fugacidad y por la sonrisita de maníaco de Henry. Sin embargo, era lo mejor que podía hacer, así que el conserje le devolvió el saludo y siguió barriendo el portal. Bedford se dirigió a las escaleras del edificio. Vivía en el undécimo piso, pero no era allí donde iba. Bajó al sótano, y después al aparcamiento. Cruzó frente a un par de Mercedes y un Citröen y se paró frente a una puerta de metal. Esta puerta, si uno se fija con detenimiento, no es como las típicas puertas de metal de los aparcamientos. Para empezar, no tiene pomo ni manilla. Además, a pesar de estar cubierta de polvo y alguna telaraña, y de que el óxido empiece a corroer sus bordes, esa suciedad parece nueva, artificial. Parece como si alguien la hubiera puesto ahí para distraer a los observadores casuales. Bedford puso una mano sobre la puerta. Rumió unas palabras místicas entre dientes y esperó. Tras un par de segundos la puerta se iluminó con una luz roja y se abrió silenciosamente. Henry entró tras echar una cautelosa mirada a su alrededor.

Una vez dentro, cogió una túnica negra de un gancho en la pared y se la puso por encima de la cabeza. Avanzó por el húmedo pasillo maldiciendo a los decoradores del lugar y archivando en su mente un plan para transformarlo todo en un espacio de trabajo luminoso y agradable cuando fuera jefe. Se reunió con los demás acólitos en una sala abovedada en lo que parecía el centro de la Tierra (por el calor), y formaron un círculo. Entonces entró el Sumo Invocador y Maestro de las Ciencias Ocultas Desconocidas para la Gran Mayoría de la Humanidad y Amigo de los Entes de Otros Planos y se sentó dentro del círculo.
-Podéis ir empezando, dijo cerrando los ojos.
Un murmullo comenzó, y se convirtió en un susurro, y después en una letanía, hasta alcanzar la fase de cántico extático. Las sombras se movieron, inquietas.


P.D. Mundo Moribundo es la precuela de Mundo Muerto, si alguien no lo había deducido a estas alturas. Iré intercalando ambos. Y sí, ya se que hoy es jueves.

Lord

El viejo volvió la vista hacia las colinas. Allí se encontraba la torre semiderruida que había sido su hogar durante tantos inviernos. Sintió hervir su sangre una vez más, pero era este un hervor pausado, tranquilo como su vejez. Se irguió imponente, con los rayos del sol crepuscular a su espalda, y volvió a ser durante unos instantes el orgulloso señor de aquellas tierras, como antes de la llegada de los sureños. Pasados esos instantes, miró de nuevo su destino, el viejo barco de madera. Una punzada de orgullo le llenó el corazón al ver ondear su tejón negro en la vela, y se dirigió hacia él apoyándose en su bastón. Cuando bajaba, recordó la última vez que había estado en aquél puerto que no era puerto siquiera, sino una pequeña bahía con espacio para un par de navíos.

La sangre le cubría el brazo de la espada mientras combatía a los invasores. Se volvió en busca de alguna nueva amenaza, pero sólo vio el sol saliendo en un campo de cadáveres. Había vencido, pero muchos de sus hombres habían acabado sus vidas de forma trágica aquella noche. Sin embargo, habían ganado el día para su señor, el señor del Tejón. El joven Lord se arrodilló para besar la tierra y dar gracias a los dioses por la victoria. Pero, a pesar de todo, la boca le sabía a ceniza y no estaba nada contento. Su propio hermano había muerto atravesado por una lanza. Se dirigió con un andar tintineante hacia los prisioneros empuñando su espada aún manchada. No habría piedad para los asesinos de su gente.

Tras esa batalla hubo otras, y algunas fueron victorias, pero las derrotas fueron muchas más. Finalmente se vio obligado a rendir sus armas y a retirarse a la torre como prisionero. Otros bárbaros vencieron a los primeros, y estos fueron exterminados por otras tribus, pero ninguno de ellos pensó en la vieja torre en las colinas ni en su noble ocupante. Así pasaron los años, y ahora que era hora de abandonar esta tierra el viejo lo hacía con la dignidad y el orgullo con que había vivido toda su vida. Apoyado en la baranda con el cabello agitado por el aire salitre del mar y con lágrimas deslizando sobre su barba cana, el viejo Lord se despidió de sus tierras y navegó hacia el crepúsculo.


P.D. Gracias a Polastras, de Bohemians Like You, he conseguido que esta entrada aparezca donde debía. Tres hurras por él.

Nueva actualización, aunque no lo parezca.

Pues acabo de actualizar, terminando un borrador que tenía desde febrero. El problema es que lo ha publicado en la pestaña de febrero y no se cómo moverlo. Si a alguien le interesa se titula Lord y está en la pestaña de febrero.

Mundo Muerto, parte 3

Llegamos hasta la moto. Eso en sí ya fue una hazaña, teniendo en cuenta la situación, que no había sabido prever y que había terminado por estallarme en la cara. Pero ¿Cómo iba yo a saber que en el único supermercado de la zona habría una chavalina con un arma de fuego? En fin, que subimos a la moto y nos dispusimos a irnos, pero de la ciudad salían hordas de esos tipos, y yo no me sentía muy inclinado a volver sobre mis pasos, así que dudé un momento y la cosa se jodió todavía más. La chica se puso nerviosa o algo así, y disparó otra vez. Casi al instante oí ruidos detrás de nosotros. Dentro de la gasolinera había más, y el ruido les debía haber llamado la atención. Cada vez más rodeados, como en los viejos tiempos, cuando nadie estaba preparado y las cosas estas eran una novedad inesperada.

Sin otra opción, volví a la carretera de la que había venido y me alejé lo más deprisa que pude. La chica iba delante, y yo la tapaba con mi cuerpo, impidiendo además que siguiera disparando inútilmente. A los veinte o treinta kilómetros de la ciudad paré el motor. Bajé de la moto y me encendí un cigarrillo. Ya casi no me quedaban, y con el numerito de hacía una hora se me había olvidado coger más. Con el mechero todavía en la mano me volví hacia ella.
-Supongo que no hace falta que te diga que lo que has hecho ha sido una gilipollez del mayor calibre posible, ¿Verdad?
Giró la cabeza hacia mí con los ojos muy abiertos. Despacio, como a cámara lenta, frunció el ceño y abrió la boca para gritar.
-¿QUÉ? ¡Si no fuera por mi te hubieran matado!- La indignación estaba haciendo que se pusiera roja, de una forma tan infantil como encantadora.- Para que lo sepas, te he salvado la vida ahí atrás.
Fue muy descortés, lo admito, pero no pude aguantar las sarcásticas carcajadas que me brotaron al oír eso ni la mordaz contestación.
-Oooh, es cierto, perdóneme, Teniente, había olvidado que la mejor estrategia a seguir era de la de gritar aterrorizado y disparar a discreción, ¡Atrayendo a todos los hostiles de la zona a ser posible! Es verdad que estoy hecho un zoquete.- Me puse serio- Que sepas que la próxima vez que hagas eso te golpearé con la culata de mi pistola y te dejaré sin sentido y a su merced, ¿Te parece?
Reconozco que me encantó ver como se ponía roja como un tomate y abría y cerraba la boca como un pececillo enfadado. Cuando le volvió la voz estuvo gritándome un buen rato, aunque yo ya había desconectado en previsión. Arranqué la moto y aceleré con el freno puesto, y dejé que el rugido del motor ahogara sus palabras, mientras hacía gestos de que no oía nada. Suena infantil y lo fue, pero me divertí mucho. Cuando paró a tomar aire le tapé la boca con la mano, la amordacé con un trapo y le até las manos.
-Te voy a subir a la moto y los dos nos vamos a ir de aquí. Iremos a un refugio que conozco por aquí cerca y charlaremos tranquilamente. Si tienes alguna objeción dilo...
Intentó decir algo pero la mordaza se lo impedía.
-Ya imaginaba que no tendrías nada que decir.
Arranqué y nos dirigimos a las montañas.